Un museo con más de 200 años de historia para disfrutar en familia

El Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” es el más antiguo del país. Ubicado en Parque Centenario, permite conocer las especies que vivían en la Ciudad hace un millón de años.

Pocos saben que el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” es el más antiguo del país. Esta joya cultural ubicada en el barrio porteño de Parque Centenario, resguarda más de 200 años de historia y tiene una de las colecciones de paleontología más completas de América Latina; un paseo interesante y entretenido para disfrutar en familia durante el verano.

Su sala de Paleontología se destaca por la calidad y cantidad de material original exhibido, al igual que su herbario, que reúne 150 mil ejemplares vegetales, gracias al trabajo de importantes botánicos e investigadores. Además, el museo resulta muy atractivo para los más chicos ya que permite conocer las especies que vivían en Buenos Aires hace un millón de años, como el famoso gliptodonte de 800 kilos hallado y exhibido en la estación Tronador del subte B.

El acuario y las salas temáticas de Geología, Anfibios, Reptiles y Artrópodos completan las instalaciones, que se pueden visitar todos los días de 14 a 19 en Avenida Ángel Gallardo 490 (Parque Centenario, Caballito).


La entrada es gratuita para los menores de 6 años y de muy bajo costo para el público general ($40).


Un poco de historia del Museo

Bernardino Rivadavia, secretario del Primer Triunvirato, fue quien impulsó en 1812 la idea de crear, con la colaboración de todas las provincias, el actual Museo Argentino de Ciencias Naturales, iniciativa que concretó en 1823 como Ministro de Gobierno de Buenos Aires. A partir de ese momento, las colecciones del museo se alojaron en distintas salas como las celdas altas del Convento de Santo Domingo, en la Manzana de las Luces y otros edificios de la plazoleta Monserrat.

Finalmente, en 1937 el Museo se instala en el actual edificio, construido según los cánones arquitectónicos europeos que establecían los museos de ciencias. Es por eso que la curiosidad científica no es el único motivo que invita a conocerlo. En las puertas de entrada esperan al visitante arañas de bronce descansando en sus telas. Los murciélagos, claves en la estructura, son las ménsulas que sostienen las vigas. En el ascenso por escaleras acompañan el paso caracoles de tierra en hierro forjado y, al llegar al primer piso, los búhos fijan su mirada desde las ventanas. Un lugar lleno de estímulos que despiertan el interés por la Ciencia y animan a descubrir figuras de la fauna y flora autóctonas, camufladas en los diversos detalles arquitectónicos.

El museo ofrece visitas guiadas para público en general y grupos escolares con recorridos temáticos según el nivel de enseñanza.