:: Por Daniel Filmus ::

 

El directorio del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) acaba de confirmar que, producto del recorte presupuestario, este año se verá obligado a reducir en un 60% el ingreso de profesionales a la carrera de investigador científico. Ello implica que el número de jóvenes investigadores que ingresan disminuye de 943 a 385 en un solo año. Es el menor número de ingresantes desde el 2003. A pesar de las promesas electorales de Mauricio Macri, que en campaña se había comprometido a duplicar los recursos para la ciencia y la tecnología mediante un incremento al 1,5% del PBI, el primer presupuesto que envió al Congreso significó un recorte de 4.500 millones de pesos.

La lucha que los científicos y los universitarios hemos llevado adelante no impidió el recorte presupuestario. Las consecuencias están a la vista: a la disminución de la cantidad de investigadores se suman el recorte de los subsidios a la investigación, la paralización de los proyectos de satélites comunicacionales de Arsat, la postergación de los planes de construcción de radares nacionales y de desarrollo de energía nuclear, el desfinanciamiento del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae), etcétera.

De esta manera se tira por tierra una de las más importantes políticas de Estado, que costará muchos años y recursos recuperar. El Plan Argentina 2020 fijaba como objetivo estratégico alcanzar cinco investigadores por cada mil habitantes de la población económicamente activa (PEA). Este plan fue elaborado de manera participativa por el conjunto de la comunidad científica y productiva del país y aprobado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología. Durante los últimos diez años se ha trabajado en forma consecuente para que se cumpla este objetivo, que significa un paso histórico para la ciencia argentina. Ahora, de manera inconsulta, se vuelve a porcentajes de ingresantes similares a los de las épocas en que los científicos éramos enviados a «lavar los platos».

¿Por qué se ataca a la ciencia y la tecnología? Porque al actual Gobierno no le interesa alcanzar crecientes niveles de soberanía tecnológica. Por un lado, porque quiere volver al modelo de país agroexportador donde la mayor parte de los productos industriales (que son los que generan trabajo) son importados desde el exterior. Por otro, porque prefiere pagar patentes y royalties a las multinacionales y no fomentar la capacidad de investigar e innovar de los argentinos. Los tratados de libre comercio a los que proponen adherirnos incluyen la importación de bienes y tecnologías que destruirán la industria y la capacidad de agregar valor a partir del trabajo de alta capacidad de nuestros profesionales.

Es necesario alertar respecto de estas políticas porque en muy poco tiempo pueden destruir lo que costó mucho esfuerzo lograr. Argentina tiene el orgullo de haber desarrollado uno de los sistemas científico-tecnológicos más importantes del mundo. La Noche de los Bastones Largos, ocurrida durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, tiró abajo décadas de esfuerzo. En el año 2003 comenzamos a recuperar esa tradición a partir de un proyecto que definió al conocimiento y la ciencia como ejes centrales de un modelo socioeconómico de desarrollo con distribución de la riqueza. Para ello se fortaleció el trabajo del Conicet, las universidades y los distintos organismos tecnológicos. Se amplió la capacidad de incorporar investigadores, se mejoró sus condiciones de trabajo y, a través del Programa Raíces, se repatriaron cerca de 1.500 científicos desde el exterior. De a poco la ciencia argentina comenzó a mostrar resultados que fortalecen las capacidades productivas, significan grandes avances para el conocimiento y llenan de orgullo a todos los argentinos.

De perdurar el recorte presupuestario y sus consecuencias sobre la incorporación de nuevos investigadores, el país no sólo perderá la posibilidad de retener a muchos de nuestros mejores científicos, que emigrarán en busca de mejores horizontes. También perderá la enorme cantidad de recursos que se invirtió en formarlos como doctores en las distintas disciplinas. Los países centrales se adueñarán fácilmente, a partir de atraer a los mejores investigadores, de los millones de dólares que nosotros hemos invertido en su formación.

Todavía estamos a tiempo. El Gobierno puede recapacitar y elevar el presupuesto de la ciencia y la tecnología. Se trata de menos del 1% de los recursos que se transfirieron a los sectores concentrados de la economía a través de la baja de las retenciones, la devaluación o la renta financiera. Si el Gobierno da marcha atrás en el ajuste a la ciencia, seremos los primeros en reconocerlo y en saludar la capacidad de comprensión del error cometido. Cuando se trata de ciencia y tecnología, no hay lugar para cálculos mezquinos o partidarios. Debe ser una política de Estado que permita construir un país más soberano, desarrollado y justo.

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