Por Cintia Neves

Hoy se cumplen 62 años en los que una mujer se fundió de manera indisoluble con el pueblo argentino; tanto así que su sola evocación representa ante el mundo la identidad de un país entero.
Nuestra compañera, nuestra amiga, nuestra entrañable Evita, se yergue en altura buscando perpetuarse en los corazones que no olvidan.
Todo su camino encarna el sacrificio y la lucha constante por brindarse de lleno a la causa del pueblo y hacerla propia como si de ella dependiera su vida y la realidad que la absorbía.
Muchos la llevan como estandarte, como bandera flameante, como escudo de armas, como símbolo de victoria, como ideal que no muere, como corona que reina eternamente; más Eva supo posicionarse en un lugar que no tiene tiempo ni espacio, que no compite con héroes, ni destrona tronos, ni desacredita santos, ella sólo se inmortalizó en el alma soberana de la Patria que amó.
Ella demostró vencer a sus opositores que nunca la aceptaron, ya que la realidad habla por sí misma cuando su nombre trasciende aún el legado del peronismo y de toda su historia.
Más allá de la época, más allá de Perón, aún más lejos que la razón de su vida, ella se encuentra sola como una simple y sencilla mujer que envistió de lleno al futuro marcando su propio paso acompasado por su impetuosa marcha.
Una marcha que pretendió frenarse ya en su infancia padeciendo el rechazo de su propia familia y que ella vivió con resignado dolor, determinando de ésta manera una incansable batalla que empatizó desde el rechazo que sufrían los más humildes y desprotegidos.
Abrigó un amor sin medida por su pueblo y por Perón, quien fue su compañero de vida y en quien ella depositaba toda su confianza y entrega, esa total entrega que supo guardar hasta sus últimos días.
Un emblema nacional que cubrió de gloria la faz del país, nuestra carta de presentación ante el mundo, nuestra embajadora social, nuestra compañera Eva que rió, se burló y desafió su propia muerte sabiéndose amada aún por admiradores de futuras generaciones; concibió y practicó una perfección inaccesible al hombre común desde su decidida preferencia por el bien y su justicia.
Mantuvo la temperatura espiritual de su pueblo para no dar lugar a la intromisión de los seniles, juguetes de ajenas voluntades.
Su nombre y su estampa siempre marcarán las horas felices de nuestra Argentina, un país encantado por una mujer que uniformó el tiempo oscilando hasta lo infinito, marcando el destino popular.
Ella jamás reposará, porque la gloria y el reposo nunca serán compatibles, sólo se repartirá entre muchos, acerquémonos entonces para ser sus elegidos.

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