::: Por Cintia Neves :::

Para vos…

Qué importante es el dolor de los otros! Te has puesto a pensar cuánto y de qué manera tan intensa nos afecta los dolores ajenos? Entender que el otro sufre, implica abrirnos a un espacio desconocido, muchas veces intransitable e inhóspito  en el cual solemos perdernos, confundirnos y retroceder, casi siempre dentro del mismo camino por el que intentamos avanzar. Por qué sucede esto? Comprender el dolor no es tarea fácil, es un desafío que muchas veces a lo largo de nuestra vida nos toca sortear, y cuando esos momentos tan temidos llegan parece que el mundo se derrumba sobre nosotros y nuestras esperanzas tan íntimas se van esfumando hasta casi sentir que no existen. Sucede que el dolor trae consigo toda una carga de experiencias, de bagaje, de conexión con nuestro pasado que muchas veces no queremos recordar. Ese dolor nos conecta con nuestra esencia más íntima porque la vivencia de sentirlo es tan fuerte y abrumadora que no existe durante esos tránsitos algo más que se pueda sentir, ni nada tan importante que nos pueda alejar del contenido que ese dolor trae consigo y que transporta desde nuestras entrañas hasta la superficie de nuestro corazón.

El dolor es una especie de guía que conoce perfectamente ese recorrido que nos devuelve a nosotros mismos. Acaso no has sentido durante experiencias extremas que todo lo exterior, nuestros afectos cercanos y nuestro entorno no estuvieran, sintiéndote solo y aislado de todo y de todos, sólo conectado con vos y tu dolor? Es porque esa dolencia nos encierra como si fuéramos prisioneros de la realidad, una realidad tan desesperanzadora en la cual sólo nos resta salvarnos desde adentro.

Pero el dolor ajeno es distinto porque nos encontramos situados desde otro lugar; esa profunda sensación de malestar le está sucediendo a alguien más y ahí es donde muchas veces nos equivocamos, dado que muchas personas ante este tipo de situaciones no saben cómo encarar la problemática, ya que acercarnos al dolor ajeno implica  traernos de regreso a nuestro propio dolor y es justamente ahí donde no nos queremos hacer cargo. La sola idea de sentirnos cercanos al sufrimiento nos aterra y tratamos de evitarlo por todos los medios, huyendo de la situación como si fuéramos a escapar de nuestras propias emociones y sentimientos.

Conectarnos con el que sufre conlleva un gran aprendizaje y una gran vuelta hacia nosotros mismos.

El hecho de ayudar a alguien en una situación dolorosa como la muerte de un ser querido, ante algún tipo de pérdida, ante injusticias, disolución de vínculos, rupturas, enfermedades y todo tipo de padecimientos nos enseña a entender mejor nuestro propio dolor.

En el momento que nos acercamos al que sufre, de alguna manera, nos conectamos y nos unimos desde nuestros propios padecimientos, empalizamos y nos sintonizamos en una misma frecuencia para entender que todos sufrimos en una mayor o menor medida y que necesitamos de los otros para apoyarnos y confiar. El estado de vulnerabilidad que nos provoca un sufrimiento nos coloca en una situación de inferioridad respecto al mundo y a los demás, nos sentimos débiles y profundamente indefensos, y justamente es en esos momentos donde necesitamos abrirnos al cambio y trascenderlo.

Porque todo hecho doloroso implica un cambio profundo de situación y la necesidad imperiosa de sobrepasarlo hasta llegar a la nueva realidad que se presenta abrupta y sin darnos tiempo a reaccionar; es allí cuando esperamos que alguien nos extienda la mano y nos impulse hacia el otro lado de la realidad que ya no podemos cambiar y eso también indicará en lo futuro una nueva adaptación y provocará nuevas transformaciones en nuestras formas de pensar, sentir, actuar y ver la vida, cuestión que nos dará un abanico de posibilidades de crecimiento interior y de nuevos aires para respirar y contagiar.

El dolor del otro es nuestro propio dolor disfrazado en situaciones diversas y con sujetos variados. Comprender, ayudar a trascender y acompañar al que sufre nos predispone a un nuevo conocimiento para afrontar nuestros propios padecimientos. Nos muestra el camino para superar las experiencias que han quedado allí, en el pasado sin resolver, y nos abre la puerta a confiar y convertirnos en personas confiables para los otros. Nos da una nueva apertura al mundo y nos concede la dicha de la generosidad y el autorespeto por ser seres que saben encauzar su fortaleza en pos del bien común.