Por Jeniffer Egas Lange

Por décadas la humanidad ha lamentado el genocidio judío que tuvo lugar durante la segunda guerra mundial y, desde entonces, vivimos con el temor de una tercera guerra que nos han hecho creer que puede empezar en cualquier momento cuando, en realidad, ya estamos inmersos en ella.

Pero la guerra de la que somos víctimas es la peor de todas, porque es la guerra de los individuos contra los individuos. Ya no nos vemos cobijados bajo la masificación de un pensamiento producto de una mente siniestra, o bajo la ilusión de cumplir órdenes, porque esta guerra tiene su fundamento en la perversidad y el salvajismo propios.

Esa barbarie humana se ha cobrado miles de víctimas en Argentina, y hace poco más de un mes que lamentamos la que, quisiéramos creer, es la última de ellas: Fernando Báez Sosa.

El 18 de enero, Fernando fue asesinado a sangre fría por un grupo de Rugbiers mientras pasaba sus vacaciones en la costa argentina. Y no nos confundamos por el hecho de que no hayan usado armas para matarlo, fue un asesinato a sangre fría, con manos empuñadas, con patadas, con golpes, con la propia “humanidad”.

Los animales salvajes atacan de manera similar a sus presas, pero a estos los absuelve su naturaleza instintiva y de supervivencia, lo que significa que, en ese sentido, los acusados no están ni siquiera al nivel de los animales salvajes. No hay nada, que los exima de la brutalidad con que atacaron a Fernando.

Esta es la guerra en la que estamos sumergidos; porque el caso de Fernando no es un caso aislado ni en Argentina ni en el mundo, y no hace falta enumerar aquí los episodios de violencia a los que nos enfrentamos a diario para saber de qué hablo. Pero es la guerra que debería alarmarnos a todos y que, sin embargo, sigue pasando desapercibida en Argentina, en gran parte, gracias a un sistema judicial que hace agua y que deja a la sociedad casi a su suerte.

El asesinato de Fernando, es la radiografía de una comunidad que ha aprendido a ignorar al otro, que ha olvidado por mucho el concepto de empatía y que se está educando en la política de la violencia y la agresión como respuesta a todo, una sociedad donde la familia se agrieta cada vez más, y ¿qué podemos pedirles a los chicos cuando hemos naturalizado tanta agresión y tanta violencia?

Los asesinos que atacaron a Fernando no son una especie desconocida sino el producto de una sociedad que ha optado por darle vía libre a la maldad humana, pues a todos nos corresponde una parte en todo esto. Los rugbiers, son los padres que atacan a un profesor por haber sancionado al hijo que agredió a un compañero, son los transeúntes que filman un hecho violento para alimentar las redes sociales sin detenerse a ayudar a la víctima; los rugbiers, son los chicos que abusan de una chica alcoholizada, los policías que ignoran denuncias; los rugbiers, son los grupos militantes de partidos diferentes que no pueden tener una discusión respetuosa o los representantes políticos agrediéndose unos a otros en cadena nacional; los rugbiers, son la sociedad diciéndole a una chica “vos tuviste la culpa”, son las mujeres que impiden a sus hijos el contacto con sus padres; los rugbiers, son los padres que maltratan a sus hijos o los que discriminan y atacan a otro por ser diferente… En definitiva, somos una sociedad llena de rugbiers y, para nuestra desdicha, también, llena de Fernandos.

Ernesto Sábato decía, “Si nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa”.

Ojalá el caso de Fernando no quede en la nada, ojalá haya justicia y se castigue a los homicidas, ojalá no sea uno más de esos sucesos que nos conmueve por un tiempo y después se extingue de nuestras memorias. Hoy, el caso se ha tomado las calles y los medios de comunicación, gracias a su madre primeramente y a los miles de Fernandos que alimentan un poco la esperanza de tener un fallo judicial diferente. Ojalá se nos convierta en un punto de inflexión, en un momento de reflexión personal y social, que permita empezar a construir una Argentina más solidaria, más empática y reivindicada con la familia que es, al final, el cimiento de todo.

Lic. Jeniffer Egas Lange

Psicóloga Clínica 

Ms. Clínica de familia y Abuso