:: Por Mario Bellocchio ::

 

El aumento de la luz puede sumergir en las sombras al mundo del teatro. Como si el contexto general de la economía no fuera suficiente –la venta de entradas ha sufrido una abrupta caída en febrero–, el mundo del teatro acaba de tomar contacto con la realidad de los nuevos costos de la electricidad que ponen, a la gran mayoría de las salas independientes y no pocas comerciales, al borde del cierre.

“A nosotros nos llegaron 25 mil pesos por las dos salas que tenemos, cuando veníamos pagando 5 mil. Podemos pagarlo porque tenemos los talleres, pero si fuera por el teatro solo no podríamos, porque su actividad apenas empata los gastos. Es desequilibrante, no hubo posibilidad de planificación ni de maniobra y a la vez no hay opción, tenés que pagar o pagar porque si no te cortan el suministro” (Jonatan Zak, uno de los responsables de Timbre 4). Y estiman que esta factura todavía no representa el cuerpo del aumento porque incluye parte de febrero aún subsidiado.

“El aumento afecta directamente la continuidad y eso hace que estén en riesgo los puestos de trabajo, no sólo los de los trabajadores de las salas sino también los de los artistas que en estos últimos años han encontrado en el circuito independiente una fuente de trabajo” (Alejandra Carpineti de La Carpintería), sus facturas de luz pasaron de rondar los mil pesos a 7500, conformando un incremento del 750%. En igual situación está el mítico Teatro del Pueblo. El dramaturgo Roberto Perinelli, uno de sus responsables, califica al tarifazo como un “gesto autoritario que pinta la nueva situación”. “Nosotros también podemos pagarlo, nos va bien, pero luego de veinte años al frente del teatro advierto que en varios momentos de nuestra larga historia semejante cosa nos hubiera fundido. Habría que encontrar una solución, si no tarde o temprano muchas salas podrían cerrar”.

“Los funcionarios culturales deberían enterarse y hacer algo, es necesario que para su beneficio adviertan el peligro, porque se les cortará el recurso de ponerse medallas declamando la importante actividad teatral de Buenos Aires y las tantas salas que pueblan la ciudad, realmente una cantidad inusitada de espacios que ellos, con alguna rara excepción, nunca visitan ni saben dónde quedan”, remata, riguroso, Perinelli . Jonatan Zak, por su parte, propone: “Tenemos que trabajar todos juntos. El público tiene que seguir viniendo y bancando la situación y el Estado debe estar con nosotros para ver cómo se sale de esto”.

Las endebles economías del teatro alternativo son las más expuestas, pero no las únicas. Una breve recorrida a los incrementos recibidos por las más conocidas salas, llamadas –en mayor o menor grado– comerciales, deja en claro que los azotes, aunque las espaldas sean más amplias, no son sólo para la escena independiente: el Maipo pasó de pagar 17.300 a 89.400 (517% de aumento); el Liceo de 6800 a 38.200 (562%); el Multiteatro de 11.600 a 60.700 (523%) y el Tabarís de 9100 a 48.100 (529%), La Plaza, el más castigado, la boleta pasó de 10.500 a 74.900 (713%); en el Picadero, de 8600 a 34.500 (401%); en el Konex, de 11.500 a 51.800 (450%)  y en el Nacional de 15.300 a 99.700* (652%).

“Las políticas las podemos discutir. La anterior era una política de subsidio al consumo y al desarrollo de la industria y la de este gobierno todo lo contrario. Lo que no es aceptable de ningún modo es que el aumento sea así, de una sola vez” (Sebastián Blutrach, dueño del Teatro Picadero y presidente de la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales, Aadet). Blutrach, ya pidió reuniones con Jefatura de Gabinete, el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Energía, aunque paralelamente sostiene que “no pretendemos un trato diferencial, porque todo el resto de los mortales también tiene que pagar con aumento y es tremendo para todos”. Lo que sí propone es que “de mínima nos igualen a los teatros el precio del kilowatt nocturno al que tiene durante el día”. “No es una decisión nuestra trabajar a de 18 a 23, es así la actividad. Y no queremos victimizarnos más allá del resto de las actividades, pero lo que tengo claro es que para Edenor no voy a trabajar. Si las condiciones del país hacen que el negocio sea inviable bueno, pensaré qué hago”, remata ácidamente.

En situaciones inflacionarias o de golpes tarifarios casi siempre se ha recurrido al traslado a los precios. En este caso resulta evidente que esta “solución” no es aceptable. No hay que hacer demasiadas encuestas para percibir que un incremento del 500 al 700 por ciento en las entradas resulta inviable.

¿Salas vacías con cierre a término? Todo se puede esperar de una política que privilegia sin otras alternativas el “cierre de los números”. Habrá que ver, sin embargo, generalizado como está este futuro descalabro, si la imagen que sobrevendría de los telones cerrados es para las autoridades culturales lo suficientemente bochornosa e impresentable ante el mundo cultural –aunque sea el del negocio cultural– para ser sostenida en el tiempo. Lo bueno es que reparen el dislate antes de que las salas sean playas de estacionamiento.

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