Por Jeniffer Egas

Dolor, un dolor que casi no me permite respirar. Un dolor que no se explica, que no se entiende, que no puede significarse con nada, porque nada lo refiere. El cuerpo propio se hace ajeno, ese cuerpo que fue mío por tanto tiempo, ahora le pertenece a un salvaje.

Me duele el alma, y nadie lo entiende. Me duele la carne, los huesos me tiemblan, necesito sacarme de encima esta piel que ya no siento mía. Bajo el agua intento sacarme el olor, la saliva y el sudor de otro. Intento recordar, pero solo tengo imágenes que llegan y se van como el flash de una cámara de fotos.

Me han herido, me han pisoteado, me han reducido a un pedazo de carne, me duele la vida.

Han pasado varios días, han empezado a atacarme pesadillas todas las noches. Me despierto asustada, con gritos desesperados de ayuda, mi mente recrea una y otra vez, imágenes que aun no entiendo.

Semanas pasaron y sigo sin comprender lo que paso. Pero desde entonces, no le encuentro sentido a nada, me siento culpable. Quizá no debí ir a esa fiesta, quizá no debí usar esa ropa. He tomado fuerzas para contarle a una amiga, pero me dice que quizá no debí beber tanto. Es seguro, fue mi culpa.

Intenté seguir mi vida, no han cesado ni las pesadillas, ni la paranoia. En cada esquina siento que alguien va a atacarme, tengo miedo de salir de casa, no he vuelto a fiestas, ni a reuniones sociales. Me siento muerta en vida.

Lloro constantemente, siento que valgo poco menos que nada.

Conocí a alguien que amo, hoy intentamos tener nuestra primera vez juntos, pero yo no pude. Tuve varios recuerdos fugases mientras el me besaba y terminé golpeándolo y huyendo. Pensé que lo había superado, pero no.

Han pasado varios meses, hoy tuve una pesadilla tan horrible que me desperté atormentada, fui a la cocina, tomé un cuchillo y quise acabar con todo. No vale la pena vivir así, llena de miedos a la vida. Antes de que pudiera hacer algo, mi madre me vio y me detuvo.

Todos estos, son testimonios de víctimas de abuso sexual. Todas en algún punto después de ser víctimas, se han sentido así. El dolor es inaguantable, lleva años asimilarlo, entenderlo, e incorporarlo. A las victimas les lleva años sentirse ellas otra vez. Y todo empeora, en una sociedad donde además son revictimizadas con mil preguntas y exámenes físicos, sospechas de su confesión, y donde incluso son acusadas de haber provocado el abuso.

Soy psicóloga clínica y me especializo en el trabajo con mujeres víctimas de abuso, especialmente abuso sexual. En mi consultorio he visto la angustia de la víctima de violencia sexual, el calvario al que se enfrentan después de haber sido abusadas y el desconsuelo que padecen al encarar un sistema que, además, las culpabiliza.

Llegue a pensar que las víctimas de un acceso carnal violento, no podían ser humilladas de peor manera, que nada podía ser peor que tener que defenderse por haber sido víctima.

Como lamento haberme equivocado. Este texto me ha tomado días escribirlo, porque tuve que digerir y tratar de asimilar varias cosas primero. Antes que nada, intento ser respetuosa de las diferencias, y de considerar los puntos de vista, aunque no tengan nada que ver con lo que opino. Pero esto me ha superado.

Al fiscal Fernando Rivalora, le diría muchas cosas, la primera que le haga un bien a la sociedad y renuncie a su cargo y a cualquier cargo público porque una persona con ese nivel de empatía, no podría ver una injusticia ni en el rabillo del ojo. La segunda, que haya tenido tiempo de reflexionar y a hoy, por lo menos sepa que se equivocó de una manera irreparable, justamente de esas en que pienso que la vida te hace pagar. Y la tercera, que ojalá ningún abusador salvaje se desahogue sexualmente, con alguien cercano a usted. Hasta aquí, lo que le cabe a un fiscal con un proceder tan vergonzoso.

A los abusadores, salvajes, manada, el tiempo pasa, la gente crece, el pasado persigue de manera inagotable, no se rinde, se convierte en miedos, en dolor, en vergüenza, en decepción, en frustración. Se libraron de la cárcel de hierro, le compraron su libertad a un juez igual de infame, a ustedes y a sus familias que creen que el dinero y la posición, lo resuelven todo. Pero hay una libertad que ni el dinero, ni todos los títulos compran, la de la consciencia, que puede tardar, pero llega. Esa, va a ser su verdadera prisión.

Las caratulas de la causa se pudieron cambiar, pudieron reducir un acceso carnal violento en manada, a un “Accionar doloso de desahogo sexual”, pero las caratulas se cambian en el juzgado, no en la cabeza, y a esa consciencia, tendrán que pasarle cuentas.

A la víctima, mi abrazo de solidaridad, mi apoyo y un mensaje de esperanza, lo vas a superar.

Jeniffer Egas

Psicóloga Clínica

Universidad Cristiana de Mississippi